Fue Norberto Bobbio, creo, quien dijo, hace ya unos años y antes de morirse, que en estos tiempos la crisis del marxismo (también se puede leer como socialismo) es mucho más profunda que aquellas otras que se vivieron en el pasado. Bobbio sostenía que el marxismo resolvía sus crisis sustituyendo a los intelectuales que renunciaban a este pensamiento por otros nuevos, que, a su vez, tenían la capacidad de renovarlo. Sin embargo, esta alimentación continúa, por llamarla de algún modo, se cortó en la década de los 80 y se agravó en la siguiente década. Es decir, nadie reemplazaba a los que se iban.
Quién no recuerda a los llamados “nuevos filósofos” franceses, la gran mayoría marxistas, que se pasaron no solo a la derecha sino también a la denuncia casi cotidiana del totalitarismo comunista. El resultado fue tanto un aislamiento de este pensamiento como una fosilización del mismo y, por ende, una ausencia casi absoluta de crítica, pese a algunos esfuerzos, de renovación. Es este contexto, creo, el que explica la derechización de los intelectuales de izquierda a escala internacional.
Ignacio Sánchez-Cuenca en un interesante artículo titulado: “La derechización de los intelectuales españoles” (El País, 24/5/09) analiza este proceso. Sánchez-Cuenca afirma: “Aunque viene de atrás y el proceso ha sido gradual, en los últimos años se ha acelerado, y desde luego se ha hecho más visible, un muy notable desplazamiento de buena parte de los intelectuales españoles hacia posiciones conservadoras y derechistas. Los intelectuales –entendidos por tales, en un sentido muy amplio, a aquellas personas con un protagonismo destacado en la esfera pública: profesores universitarios, periodistas, escritores, etcétera– se han derechizado, muchas veces a cuenta de la negación de la diferencia misma entre la izquierda y la derecha, que consideran superada, mistificadora o simplemente sectaria”.
Este mismo autor afirma dos puntos importantes: dice por un lado, “si en otros tiempos los intelectuales de izquierda creyeron tener una suerte de afinidad natural con los movimientos nacionalistas vascos y catalanes que reclamaban su Estado propio, hoy han abjurado completamente de aquellas ideas y las han sustituido por otras no menos dogmáticas y esquemáticas que las anteriores, según las cuales estos nacionalismos son un vestigio de la ‘tribu’, una doctrina irracionalista de principio a fin que no cabe en nuestro orden liberal”; y afirma por otro lado que “este abandono de la izquierda ha provocado una creciente hegemonía de las ideas liberales-conservadoras, que son hoy dominantes en periódicos, revistas de debate y ensayo, libros y otros elementos que componen la esfera pública. Los centros de agitación intelectual están hoy en la derecha. En la izquierda no extrema no hay nada parecido a un debate desde hace mucho tiempo…”.
Si uno cambia la palabra España por Perú, en el artículo de Sánchez-Cuenca, sospecho que el lector nacional no se daría cuenta, porque el proceso, creo, es similar. Hay que señalar, además, que procesos como estos, explicados por el contexto en que se vive, se repiten en países como Ecuador o Bolivia.
Y si bien este autor anota algunas de las causas de esta derechización de los intelectuales, como el auge del neoconservadurismo, el colapso del marxismo, la confusión sobre el papel que puede desempeñar la socialdemocracia en el capitalismo actual y hasta las modas –de las cuales los intelectuales son (o somos) muchas veces adictos–, el tema, creo, debe motivar un amplio y serio debate en el país. Lo peor es ocultarlo o, simplemente, decir que no existe.
Porque en realidad este proceso existe en el Perú. Si no, analicen qué se debate hoy en las universidades, anteriormente centros de “agitación” del pensamiento; o cuántas revistas de izquierda existen en el país; o cuántos núcleos intelectuales de izquierda están activos hoy en día. Sospecho que la respuesta sería depresiva.
De otro lado, considero que no se puede debatir este tema desde un pensamiento fosilizado, más allá del carácter testimonial que pueda tener. El liberalismo mal digerido que hoy existe en la izquierda, que cree que la democracia es solo consenso e intercambio de ideas, olvidándose que detrás de todo ello siempre está el conflicto; así como las posiciones conservadoras que responden más a un proceso de instalación de una clase media que decidió renunciar a la idea del cambio, no se pueden cuestionar desde un parque jurásico que considera que nada o muy poco ha cambiado en el mundo y que basta con repetir los viejos discursos.
Finalmente, creo que esta es una tarea urgente. No solo porque los tiempos que se vienen serán duros y dramáticos, como lo son hoy en Bolivia y Ecuador; sino, además, porque creo firmemente que en este mundo y en este país hay (debe haber) izquierdas y derechas.
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