 | URGENCIA DE LA REFORMA CONGRESAL
Alberto Adrianzén Merino
Es un error pensar que solo basta con ganar la Mesa Directiva del Congreso para que este mejore su imagen. Y si bien es importante que la oposición, esta vez representada por el congresista Víctor Andrés García Belaúnde, gane esta próxima elección, hay que señalar que ello no es suficiente. En realidad, el asunto de la poca legitimidad y del mal funcionamiento del Poder Legislativo va más allá de quién esté en la Mesa Directiva. La última avalancha de decretos legislativos promulgados por el Ejecutivo y el reciente paro nacional muestran que el Parlamento no solo está pintado en la pared sino también que no cumple a cabalidad sus tres funciones básicas: representar, legislar y fiscalizar.
Por ello, se puede decir que este Parlamento, al igual que el anterior, es funcional a una lógica política que beneficia al presidencialismo, al Poder Ejecutivo y a los intereses privados (incluyendo el de los propios parlamentarios). Incluso se puede señalar que el Congreso desde 1980 es uno de los principales obstáculos para que la democracia se consolide y se legitime en el país.
No hay que olvidar que una de las razones que utilizó el dictador Alberto Fujimori para justificar el golpe del 5 de abril fue, justamente, el deterioro de la imagen del Congreso. Por eso es importante que la próxima Mesa Directiva, más aún si es de la oposición, inicie cuanto antes una profunda reforma parlamentaria partiendo de algo igualmente obvio: los problemas del Congreso son principalmente políticos y, por lo tanto, tienen su solución en el campo de la política.
Y si bien hay muchas razones que explican el estado de crisis del Congreso, aquí quisiéramos presentar las que consideramos como las más importantes. La primera es una lógica perversa que el Ejecutivo –es decir, el presidencialismo– ha impuesto y que consiste en fraccionar a la oposición para convertirla en inofensiva e ineficaz. Ello ocurrió al inicio de este Parlamento cuando se intentó, con escaso éxito, dividir al nacionalismo, y fracturar, con un mayor éxito, a la UPP. El Ejecutivo (también se puede leer el Presidente) no soporta una oposición política parlamentaria, como tampoco lo soportaba el fujimorismo. El transfuguismo, desarrollado al máximo durante el fujimorato, es, si se quiere, la forma superior de este vicio del presidencialismo y del Ejecutivo.
La segunda es la existencia de un sistema electoral, gracias al voto preferencial, que focaliza la política en el congresista y no en el partido como actor principal en el juego democrático. Y si a ello le sumamos la debilidad de los partidos, la volatilidad de los electores y el permanente recambio de los congresistas cada cinco años, queda claro que el parlamentario buscará convertirse en la figura central de la política. Dicho de otra manera, el congresista termina siendo una suerte de prisionero del sistema que permitió su elección. No es extraño, por ejemplo, que "pague" su campaña contratando a "asesores" que fueron claves durante esa misma campaña, que se vincule clientelarmente con sus electores pensando en una próxima elección y, por último, que algunos acumulen económicamente pensando que la "suerte" solo dura cinco años.
La tercera causa, que es consecuencia de la anterior, es una dinámica que podemos calificar como de "individualismo parlamentario". En realidad, la lógica parlamentaria, más allá de que hoy día se da prioridad a los proyectos de ley de bancada y no a los del parlamentario, sigue siendo una que alienta y favorece abiertamente al congresista en detrimento de su propia bancada. A ello contribuyen los débiles vínculos del partido con sus parlamentarios, que se expresan no sólo en una cierta indisciplina al momento de votar sino también a que ninguna bancada, sobre todo las más numerosas, hayan logrado constituir un sólido y eficaz equipo de asesores que, por ejemplo, en el caso de los decretos legislativos últimos hubiese sido muy efectivo al momento de analizar cada uno de ellos.
La cuarta y última razón que explica esta crisis, es, empleando una frase de Norbert Lechner, el secuestro de la política por la economía. La supuesta racionalidad económica ha terminado por convertir a la política en una actividad que va contra los intereses de los ciudadanos y a los políticos en una suerte de encarnación del mal, una casta que "fácilmente" puede ser reemplazada.
Hoy el Congreso está en un proceso de franca decadencia, más aún cuando lo que tenemos al frente es un hiperpresidencialismo que busca "inutilizarlo" y unos activos intereses privados que convierten al Poder Legislativo en una caja de resonancia de esos mismos intereses. Por ello, como hemos señalado, no basta elegir una nueva Mesa Directiva, se requiere también y con mucha urgencia una reforma profunda del Congreso.
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